MI CALLE

MI CALLE (Por Mateo Felipe)

 

Barriada de Los Molinos, ahora Manuel Hernández Martín. Mi calle. Surgió hace casi cien años entre campos que antes estuvieron plantados de trigo, higueras y paredes de piedra adornadas con tuneras de higos amarillos y anaranjados. Ahí sigue tan campante, desafiando al tiempo. Algún barrio vecino ya claudicó; otro lo hará en breve. Familias humildes y trabajadoras que habían conocido la guerra. Panaderos, mecánicos, maestros, empleados del Ayuntamiento… Mujeres abnegadas sin lavadora ni secadora ni frigorífico, ni nada…, educando a su prole, por lo general, numerosa, con mucho amor y, pedagógicamente, con algún cholazo de vez en cuando para que no se torciera. Aquella Laguna de la que se dijo: “tres meses de agua, tres meses de lodo, tres meses de viento, tres meses de todo”. Cuatro gotas y toda la calle enfangada. Alguno de los pocos fotingos que por allí pasaban frecuentemente quedaban atrapados en el barro como las moscas en la miel. Los chiquillos jugaban a la pelota, al trompo, a los boliches, al pañuelito a monta la chica… Buscaban madera para la hoguera de San Juan. Usaban botas de agua o alpargatas de lona blanca: los “reebok” de entonces. Merendaban pan con aceite y azúcar y hacían pilladas; cómo no. Por las noches se refugiaban en los zaguanes para contar, como ya lo habían hecho sus padres, espeluznantes historias de brujas o para escuchar de los más avezados inverosímiles lecciones de sexología de dudoso rigor científico. Pasaban los rebaños de ovejas, pasaban los soldados que iban de instrucción, pasaban las lecheras con sus mil cacharros en la cabeza. El Marruecos, perro de muy mal carácter le ladraba a todo lo que se movía. La Virgen de Fátima cada noche dormía en una casa distinta y a todos protegía. Dª Carmen, la celadora, se cuidaba de que siguiera el itinerario previsto repartiendo sus bendiciones por doquier. El exquisito aroma del gofio de la molineta de Pepe inundaba todo el barrio. Los chicos iban a clases particulares a casa de Ubaldo o de Bici a ver si hacían un milagro con las dichosas matemáticas. Es ley de vida, el tiempo es inexorable y los mayores ya partieron. Mi calle sigue ahí, más tiesa que un garrote; desafiando al tiempo.